Si Cristo vino a traer salud, ¿por qué, entonces, parece tan difícil alcanzarla?

Si Cristo vino a traer salud,

Entonces, ¿cuánto tiempo más creen ustedes que voy a estar aquí”, fue la pregunta que hice a las fisioterapeutas que me evaluaban. La noche anterior, había sido ingresada en el centro de rehabilitación después de pasar ocho días en el hospital con una rara enfermedad autoinmune llamada mielitis transversa.

Las dos mujeres jóvenes, ambas de aproximadamente mi edad, se vieron mutuamente, un poco sorprendidas, y después me miraron. “La mayoría de las personas no hacen esa pregunta”, dijo uno de ellas.

“Bien, necesito algo para seguir adelante. Nadie me ha dicho nada”. En un momento durante mi hospitalización, había estado completamente paralizada del cuello para abajo, debido a la hinchazón en mi columna vertebral. Llegué a rehabilitación después de haber recuperado el uso de mis brazos, pero no el de mis piernas. No solo nadie me había dicho cuánto tiempo estaría hospitalizada, sino que tampoco estaba segura de si volvería a caminar.

“¿De verdad quiere saberlo?”, preguntó la otra terapeuta.

Asentí con la cabeza.

“Bien, para ser sincera, apenas tiene indicios de movimiento en las piernas. Creo que estará aquí alrededor de ocho semanas...”

“Yo diría que doce”, aclaró la primera.

"E incluso entonces, creo que hay muchas posibilidades de que se vaya a casa en una silla de ruedas”, concluyó la otra.

Los ojos se me llenaron de lágrimas. Tragué una y otra vez, tratando de que el nudo que se me había formado en la garganta desapareciera. “Bien, gracias por su sinceridad”, dije, secándome una lágrima de la mejilla y respirando hondo.

“Nada es seguro”, dijo la primera terapeuta. “No sabemos mucho de lo que le pasó a usted, pero las cosas podrían cambiar. Eso es lo que estamos esperamos hasta ahora”.

Una o dos horas más tarde, mi padre vino para hacerme su visita acostumbrada de la noche. Le hablé acerca de la evaluación, incluida la conciencia de que podría pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas. “Bueno, si el Señor quiere que yo camine, podré levantarme y caminar mañana”, le dije. “Pero si no quiere, ninguna cantidad de deseo cambiará nada”.

Pero, sorprendentemente, al día siguiente comencé a caminar. No se trató del tipo de milagro de “toma tu lecho y anda”. Primero fue un poco de movimiento en los dedos, seguido por un movimiento en los tobillos y las rodillas, y después pude ponerme de pie y utilizar una andadera. Me fui a casa unos días más tarde, y durante meses luché con el dolor y la terapia física. Después de mucho trabajo y oración, Dios me restauró.

Pero no porque yo hubiera orado por un milagro. De hecho, no recuerdo haberle pedido alguna vez al Señor que me permitiera caminar de nuevo. Por lo que sí oraba era por una fe más grande. Yo sabía que no podría hacerle frente a las dificultades de una hospitalización y de una recuperación, a menos que el Señor me diera la fe para responder a las necesidades del día. Era eso por lo que oraba. Y eso era lo que le pedía a los demás que hicieran.

“No permitas que mi esperanza descanse en un buen resultado”, he orado muchas veces al Señor esperando la llamada telefónica, “a menos que me prometas un buen resultado siempre”.

Desde entonces, he sido restaurada por Dios muchas veces en momentos en que no se lo pedí: tres ocasiones más de parálisis —por la mielitis transversa recurrente— y después de varias batallas con cáncer en etapa cuatro. En cada caso, anhelaba una sanidad total, y se lo expresé al Señor en la oración. Pero dudaba en pedirlo, porque la restauración física —una bendición maravillosa y deseable— es, en el mejor de los casos, temporal. Ninguna cantidad de sanidad y recuperación pueden evitar lesiones, enfermedades, envejecimiento o muerte.

Me he preguntado a menudo qué pasaría con las personas que Jesús resucitó. El hijo de la viuda, la hija de Jairo, Lázaro, ¿cuánto tiempo pasó hasta que murieran por segunda vez? ¿Y cuántos de esos días pasaron preocupándose por cómo sería esa muerte?

Como superviviente de cáncer por cuarta vez, soy examinada con regularidad para detectar señales de recurrencia. Afortunadamente, los resultados de las pruebas de más o menos doce chequeos en los últimos tres meses han resultado negativos. Sin embargo, el largo período de buena salud no hace que la espera de esos informes sea mucho más fácil. Me preocupa lo que será la próxima batalla. Pero tengo el temor, también, de que la buena salud que tengo ahora me dé falsas garantías para el futuro. “No permitas que mi esperanza descanse en un buen resultado”, he orado muchas veces al Señor esperando la llamada telefónica, “a menos que me prometas un buen resultado siempre”.

Pero el Señor Jesús nunca hará esa promesa. Por el contrario, cuando enfrentamos la incertidumbre de levantarnos, caer y volver a levantarnos, Él nos ofrece algo mejor: “Yo estaré contigo”.

Esta es nuestra mayor restauración: la presencia de Dios. La cual es una promesa con la que podemos contar eternamente.

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