Dios puede llenar tu taza, pero, ¿de qué tamaño la hiciste?

Alberto, Luis y Guillermo fueron compañeros de la secundaria. Los tres anhelaban en sus corazones graduarse, formar una familia y servir a Dios. En las reuniones de jóvenes en la iglesia eran desafiados cada fin de semana a poner sus futuros en las manos del Señor y creer que por la fe sus sueños podrían cumplirse. Era cuestión de dejar que Dios hiciera su parte y ellos la suya.

Diez años después, en un encuentro de ex alumnos, se abrazaron de nuevo, compartieron de sus realizaciones y las fotografías de sus familias. Alberto fue el primero en contar que su fe en Jesucristo seguía inquebrantable, que al terminar la secundaria había ido a trabajar al taller de carpintería de su padre y se había casado con Cristina. Ahora tenía cuatro chicos y le encantaba salir con amigos en bicicleta a repartir porciones de la biblia entre los campesinos de alrededor. La situación económica le era apretada, mas siempre veía la mano de Dios supliéndole.

Por su lado, Luis relató que al graduarse estudió dos años para ser técnico en el mantenimiento de cosechadoras. Justamente trabajando en una agroindustria conoció a su actual esposa, quien era secretaria allí. Ambos ahorraron y se compraron un pequeño apartamento en el cual vivían con sus tres hijos. La familia servía a Dios en grupos de oración caseros, y aunque no eran adinerados, el Señor siempre les proveía.

Guillermo a su turno refirió que terminado el bachillerato decidió con Betty que no se casarían de inmediato, sino que esperarían hasta terminar la universidad. Él se hizo abogado y ella psicóloga. Se casaron, compraron su casa, tuvieron dos bebés y tenían un trabajo estable con el cual se podían sostener holgadamente a la vez que servían a Dios dando asesoría legal y psicológica a iglesias y a los equipos de consejeros. Guillermo también exaltó al mismo Dios de Alberto y Luis por ser su generoso proveedor.

La celebración terminó alegre y con el intercambio de sus números telefónicos y la promesa de volverse a ver. Luego Alberto pasó corriendo la calle en procura de no mojar su único pantalón de gala y se sentó a esperar el autobús. Luis se puso el casco e impermeable y se alejó en su motocicleta. Y Guillermo desactivó la alarma de su auto, se introdujo en él y rápidamente se perdió por la esquina.

Así fue el reencuentro de tres amigos, tres ex compañeros, tres discípulos de la misma iglesia y tres historias diferentes de fe, pues aunque confiaron sus sueños al mismo Dios, lo hicieron en diferente medida.

¿Si pides a Dios que llene tu taza, de qué tamaño la vas a fabricar? Recuerda que las tazas grandes toman más esfuerzo que las pequeñas, aunque Dios puede llenar tanto las unas como las otras.
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