¿Cómo convertir su vida de oración en un desastre?

Al orar, es posible que divague y pierda la noción de lo que quiere expresar. Pero la buena noticia es que esos nos son impedimentos para que usted se conecte con Dios.

Durante casi cien años, un mural de Jesús había ocupado un lugar de honor en el Santuario de la Iglesia de la Misericordia en el noreste de España. Pero en agosto de 2012, una feligrés de 80 años de edad, Cecilia Giménez, decidió “retocar” la pintura e hizo un desastre. En un primer momento, las autoridades españolas dijeron que alguien había vandalizado el mural. Cuando María finalmente confesó haberlo hecho, el diario New York Times llamó su bricolaje uno de los “peores proyectos de restauración de todo los tiempos”. La famosa pintura de Jesús “se asemejaba ahora al boceto a crayón de un mono muy peludo (y borroso)”. Sin embargo, las fuentes de noticias indicaron que Cecilia no parecía entender todo el alboroto. Después de todo, ella solo había tratado de ayudar. Lo último que se sabe, es que el ayuntamiento está tratando de reclutar a verdaderos expertos en restauración para intentar reparar el trabajo de “restauración” de Cecilia.

La lucha

Yo nunca he destruido una obra de arte, pero puedo identificarme con esta mujer, pues sé lo que es convertir en un desastre los bien intencionados “proyectos” espirituales. Por ejemplo, me gustaría ofrecer a Dios una hermosa y firme vida de oración, una obra de arte espiritual llena de alabanza y peticiones, de pasión y poder, y de enfoque e intensidad. Pero cuando evalúo mi vida de oración, por lo general se asemeja a un “boceto a crayón” espiritual. No es que no ore. Es que, simplemente, oro tratando débilmente de conectarme con Dios al mismo tiempo que lucho con distracciones, resentimientos, preocupación por asuntos sin importancia, y a veces hasta siento más la “ausencia” de Dios que su presencia.

Durante más de veinte años como pastor, he conocido a algunos guerreros de oración, pero también he conocido a muchos que tienen problemas como los míos. Luchamos con heridas, con distracciones y con dudas, al igual que el padre desesperado que clamó: “Creo; ayuda mi incredulidad” (Mr 9.24).

Por eso, no es de extrañar que el apóstol Pablo brindara un breve análisis en cuanto a nuestras vidas de oración: “No sabemos orar como debiéramos” (Ro 8.26 NVI). Dicho de otra manera, cuando se trata de la oración, todos somos incompetentes.

No destruya su vida de oración

Permítame decirle que soy partidario de las prácticas espirituales como leer la Biblia, estar a solas y en silencio con Dios, asistir a los servicios de adoración, ayudar a los pobres, confesar los pecados; pues todo eso nos ayuda a estar atentos a la presencia de Dios y a su voluntad para nuestras vidas. Todos tenemos la necesidad de desarrollar prácticas concretas para ser más como María, que “sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra” (Lc 10.39 LBLA).

Pero, lamentablemente, muchos de nosotros tenemos la creencia equivocada de que necesitamos esforzarnos para orar de cierta manera. Algo así como: Si pudiera orar mejor, más largo, más regularmente; si pudiera orar con menos distracciones y dudas; si pudiera librarme de mi ira, codicia y resentimiento, entonces pudiera finalmente tener un buena vida de oración.

Este enfoque de la espiritualidad desvaloriza el corazón del evangelio, lo cual cambia por completo a la religión. La religión dice: “Obedece a Cristo para que puedas ser amado”. El evangelio dice: “En Cristo eres amado intensamente; por tanto, obedece”. Aplicado a nuestra vida de oración, ya no tenemos que decir: “No conviertas tu vida de oración en un desastre para que puedas venir a Dios”, sino “En Cristo estás conectado al Padre para comenzar a disfrutar de esa conexión”.

Entonces, ¿cómo debería ser su vida de oración? Considere los dos escenarios siguientes (adaptados de una ilustración hecha por D. A. Carson). Supongamos que el lunes, después de levantarse muy tarde para tener su tiempo de oración, sale corriendo para su trabajo donde es reprendido por su jefe, tiene un incidente con unos clientes, y come un almuerzo poco balanceado. Regresa a su casa, lanza una pizza congelada en el horno, envía de prisa a los niños a la cama, y luego ve televisión en vez de sacar tiempo para orar. Sintiéndose avergonzado y desconectado de Dios, se las arregla para decir a duras penas una breve oración: “Te fallé, Señor, pero mañana me esforzaré por no volver a hacerlo”.

Luego, el martes, salta de la cama media hora más temprano para alargar su tiempo con Dios. En el trabajo, su jefe elogia sus esfuerzos, usted le habla de su fe a uno de sus compañeros de trabajo, y en su hora de descanso va a ayudar como voluntario en el refugio para personas indigentes que hay en el sector donde vive. Cuando regresa a su casa, prepara una cena saludable, ayuda pacientemente a los niños con sus tareas de la escuela, dirige la reunión de estudio bíblico de la iglesia ofreciendo una perspectiva teológica profunda, y luego pasa otra hora en la oración intercesora. Luego se queda dormido sintiéndose satisfecho de tener finalmente organizada su vida espiritual.

¿En cuál de los días actuó usted de manera poco favorable? En ambos. ¿Por qué? Porque en ambos días estuvo confiando en sus propios esfuerzos para estar en comunión con Dios. A pesar de su firme convicción de que es salvo por gracia solamente, en ambos días usted vivió como si su vida de oración dependiera de usted.

Pero cuando Pablo dijo: “No sabemos orar como debiéramos”, no quiso decir que debemos recurrir a nuestros propios recursos. Él quería que volviéramos al corazón del evangelio. En otras palabras, independientemente de nuestra condición espiritual presente o pasada, “tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro 5.1). Aunque no tengamos la más mínima idea de cómo orar, “el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad” intercediendo por nosotros “con gemidos indecibles” (Ro 8.26).

Usted no está solo

En un sentido, esta manera de ver la oración está basada en una doctrina llamada la justificación por la fe. Ésta significa sencillamente que siempre nos acercamos a Dios sobre la base de la sangre derramada por Cristo a favor de nosotros, no en nuestra capacidad de detectar y solucionar nuestros problemas espirituales. Ésta no es una doctrina abstracta; tiene también implicaciones profundas y prácticas para nuestra vida de oración.

Piense, por ejemplo, en la declaración de Pablo de que “no sabemos orar como debiéramos”. Digamos que usted sabe que necesita orar, que puede incluso tener el deseo de orar, pero no sabe cómo hacerlo. Tal vez esté abrumado por los sentimientos de culpa, la tristeza o la depresión. Algunas veces la oración puede parecer una tarea imposible en la que no se tengan las palabras adecuadas, o incluso, no se tenga ninguna palabra. ¿Qué se puede hacer para orar?

Recuerde que no está solo. El Espíritu le ayudará en su debilidad. Así que puede ofrecer sus gemidos y sus suspiros, sus pequeños y defectuosos bocetos al crayón, y con unos pocos trazos magistrales el Espíritu Santo los convertirá en una obra de arte que llevará a Dios. El papel de usted es sencillo: venir a la presencia de Él por medio de su Hijo Jesús, y dejar que el Espíritu gima dentro de usted.

Otro problema recurrente de la oración son las distracciones. Usted trata de orar, pero su mente revolotea de un pensamiento a otro. ¿Cómo puede manejar su breve capacidad de atención? Bien, usted pudiera decirse a sí mismo que debe esforzarse más, o que pudiera creer realmente que está de pie delante de Jesucristo en ese mismo momento de distracción. Usted no está solo. En realidad, el Espíritu le está recordando gentilmente las palabras de Jesús: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt 11.28).

Cuando comenzamos a comprender el papel de Dios en nuestra vida de oración, las cosas que dábamos por sentado que nos alejarían de la oración son las que, realmente, nos atraen más a ella. Si usted se siente inseguro, ore por eso. Si se siente lejos de Dios, ore por eso. Si siente ira o incluso aborrecimiento hacia alguien que le hirió, ore por eso. Ofrézcale su aborrecimiento a Dios. Si se siente abandonado por el Dios que dijo que le ayudaría siempre, ore por eso.

Hace unos cuatro años, mi vida personal y profesional quedó destruida. Es una larga historia con un final feliz, pero en ese tiempo no parecía feliz. La mayoría de mis oraciones eran “respondidas” de una manera exactamente contraria a lo que yo había pedido. No hace falta decir que yo estaba enfurecido con Dios. Usaba el libro de Salmos para quejarme contra Dios, hasta que me quedé sin palabras. Herido y abandonado, honestamente no sabía que más decir. Así que me senté con Él, e incluso recuerdo que le dije: “No sé cómo orar, al menos con palabras. Así que me sentaré aquí para leer este libro, pero quiero que tú estés aquí también. Quédate conmigo”.

No fue, sin duda, mi mejor ni más osada oración, pero Dios respondió mi petición. Permaneció conmigo y me transformó de maneras que no puedo comprender todavía. También me enseñó una lección valiosa: A fin de cuentas, cuando usted tiene a Jesús (o lo que es más importante, cuando Jesús le tiene a usted), no puede convertir en un desastre su vida de oración si viene a Él, una y otra vez.